Este balneario levantado en un tranquilísimo paraje en la ribera del Miño lleva muy a gala su
condición de centro sanitario. Aunque antiguamente se sostenía que sus aguas eran todavía más
beneficiosas si se tomaban con leche de burra, hoy se ha prescindido de este último ingrediente, pero su manantial
se basta y se sobra para lograr recuperaciones en ocasiones casi milagrosas para, sobre todo, numerosas afecciones respiratorias.
Y no sólo en personas mayores sino también en niños que cada tarde acude puntualmente a recibir sus
tratamientos. Su edificio principal de 1886, de tres plantas por completo en piedra de costa, alberga coquetos salones con
espejos y lámparas de la época en que los balnearios eran el lugar de vacaciones de las gentes pudientes.
En un edificio anexo de poco más de diez años quedan las habitaciones, que se abren a los viñedos y los
huertos de caña y maíz a las orillas del río.