Inaugurado en agosto de 2003 en un solitario paraje al que se llega siguiendo una pista forestal, este establecimiento levantado
todo en piedra, madera y pizarra apenas se separa unos kilómetros del Camino de Santiago Francés. La mayoría de sus
coquetísimas habitaciones, tanto las del edificio principal como las ubicadas en sus dos pallozas anexas, se abren en grandes
ventanales al río, a los tupidos bosques autóctonos que lo rodean y, con suerte, dejan ver también al fondo el
bucólico castillo do Pambre, una de las mejores muestras de la arquitectura medieval militar de Galicia. Por su ambiente, el mimo
de su decoración y su oferta deportiva -bicis, senderismo, piraguas o rafting- podría ser una casona de turismo rural
o un hotel con encanto, pero además es un balneario en el que, entre otros tratamientos más convencionales, también
se realizan tratamientos con terapias alternativas.