Entre finales del XIX y principios del XX, este balneario llegó a atesorar tal vida social y cultural
que incluso llegó a contar con una pequeña imprenta. En el valle del Tea, rodeado por la tranquilidad
inmensa que mana por el minúsculo pueblo que le da nombre, tanto su zona termal como su hotel, un edificio
de Antonio Palacios en cuya rehabilitación se combinó con talento la luz, la piedra y la madera,
no dejan de incorporar nuevos servicios año tras año. De hecho, en la primavera de 2004 está
previsto inaugurar 46 nuevas habitaciones ubicadas en la antigua planta embotelladora de agua, además del
Palacio del Agua, con 3.000 m2 de instalaciones de vanguardia conectadas al hotel y al actual balneario,
que a partir de entonces se destinará a programas terapéuticos, orientando el Palacio del Agua a la
versión más lúdica del agua, con seis piscinas activas, siete saunas a distintas temperaturas y
humedades, zona para niños y hasta bar de zumos naturales. El complejo cuenta además con un campo de
golf de 18 hoyos e infinidad de propuestas como senderismo, rafting, equitación o mountain-bike. En
vacaciones funciona también una guardería con actividades para niños y, para sus padres,
conciertos, rutas, catas de vino o queimadas y hasta charlas sobre cocina y nutrición o sobre la propia
historia de este balneario de tradición.